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El día que la sonrisa volvió a la Magia

Esta historia, como ocurre con las grandes historias, es una historia de emociones. Una llamada telefónica, un vuelo imprescindible que apuñala la rutina, una noticia escalofriante y lágrimas. Muchas lágrimas. Es también, por qué no, la historia de una dulce espera. De miedos e ignorancia. De un renunciamiento, un regreso y una redención.

Hay abrazos de compañeros, de colegas, de amigos, pero no son sólo abrazos. Son empujones, pupilas dilatadas, gigantes musculosos que se reúnen para acariciar una pieza de cristal. Para protegerla. Cancerberos de la esperanza, ejecutivos de la grandeza, defensores de la alegría, producen imágenes surrealistas: un corazón azul y blanco, en el centro de la cancha, que tiene mucho más que ver con la vida que con el básquetbol. Y ahí está, en el centro, Magic Johnson con las manos en alto.

Y sonríe. Una vez más.

Han pasado 25 años de los tres minutos más maravillosos de la historia de un All-Star Game. Viajamos en el tiempo y retrocedemos al 9 de febrero de 1992. “Sólo tres meses atrás, estaba en shock tras recibir la noticia de que había contraído HIV. Ni bien recibí las noticias, dejé de jugar al básquetbol. Orden de los médicos”, dijo Johnson.

Magic fue elegido por el público para participar del Juego de las Estrellas pese a que las votaciones ya habían sido impresas y él no figuraba entre los posibles elegidos. Algunas personas no querían que Johnson sea parte del evento por el riesgo al contagio, incluido leyendas como Karl Malone, y lo hacían saber públicamente. “Nos dijeron que no representaba un riesgo incluir a Johnson en la cita de Orlando. Y esa fue la razón definitiva para que digamos: OK, Magic jugará”, dijo en aquel entonces el comisionado David Stern.

El mundo, para ese entonces, era un interrogante: ¿puede competir alguien con HIV? ¿Puede acaso moverse con la soltura de una persona normal? “No tuve un partido en todo el año, pero tengo algo que demostrar. Quiero mostrarme a mí, y al mundo, que aún puedo jugar básquetbol de la manera que lo hacía”.

Se juegan los últimos minutos del último cuarto. El partido está casi definido a favor del Oeste, pero Magic quiere seguir jugando. No quiere que esto termine jamás. Como un niño que se desliza en la cancha, como un artista que recibe la ovación y exige por unos segundos más, el genio creador del Showtime avanza un paso más hacia la leyenda. Anota un triple. Anota otro. La percepción latente es que la historia se está escribiendo en ese momento, y es la pura realidad. El público se pone de pie y comienza a aplaudir. A gritar de manera frenética. Es el regreso de los Beatles en el cuerpo de una sola persona.

Y entonces, los rivales, también sienten la magia en el aire. Isiah Thomas, su amigo, lo desafía en un 1-1 y el estadio completo adopta la idea. Rivales y compañeros dejan el hueco y se abren como las aguas del mar rojo. El desafío está en marcha. Se ríen ambos. Isiah pica el balón de espaldas una vez, dos veces, tres. Magic lo persigue, pero tiene más ganas de abrazarlo que de defenderlo. Es el regreso a la niñez, a los orígenes, a la ausencia de pecado. Al disfrute pleno del talento, sin trampas ni elucubraciones, que no es otra cosa que lo que buscamos cada día que nos ponemos en pie.

Isiah intenta un tiro y lo falla. Magic ha ganado la primera batalla, pero habrá más. Porque al ataque siguiente, el que toma el mando no es otro que Michael Jordan. Y Magic vuelve a reírse, como si el tiempo no hubiese pasado. Como si las camisetas, blancas y azules, fuesen rojas, violetas y púrpuras, en una reedición de las Finales pasadas. Entonces MJ se pone de frente y desafía con su mirada penetrante el talento de Magic. El resto observa, el público está extasiado, es un aplauso constante que seduce por la consistencia. Johnson le cede un espacio, Jordan se escapa en 45 grados, lanza en suspensión y falla.

Magic toma el balón y levanta su brazo. Es el Capitán Ahab con el viento sobre la cara demostrando que son las pasiones el motor de la vida. Y ya nadie sabe ni cómo se escribe ni por qué alguna vez se habló de HIV. Johnson toma el balón con 30 segundos en el reloj. Lo lleva de espaldas ante la marca de Thomas, que lo molesta pero no lo daña, como una mosca que baila alrededor de la comida. Magic deja consumir el reloj y lanza el triple con 14 segundos por jugar, para anotarlo y desatar el último alarido de la noche.

Ya nadie puede seguir jugando. Johnson viaja con su cuerpo al centro de la cancha y con su mente al momento en el que el Dr. Michael Mallman, el 7 de noviembre de 1991, le comunicó que era portador del virus del HIV. “Recuerda, tienes que decirle a todos que tienes HIV, no SIDA”. En aquel entonces el mundo no comprendía, quizás, como ahora comprende. Compañeros y rivales lo respaldan, lo acobijan, lo señalan al mundo. Magic Johnson, el atleta más amado de la historia del básquetbol, atenaza sus lágrimas y entiende que lo peor ya ha pasado.

“Viviré”, le dijo Magic a los suyos al enterarse de su enfermedad. “No me voy a morir. Y si lo hago, será con felicidad. Porque tuve una vida genial”.

El Showtime ingresa en el punto más emotivo de la historia y esas palabras suenan obsoletas, absurdas, casi irónicas. Magic ha vuelto a nacer, Magic vive, Magic está de regreso. Con valentía, con entereza, con alegría, el mensaje de integridad está diseñado, construido y entregado.

 

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